| Inicio |

El Maestro tenía que soportar cada día una verdadera avalancha de preguntas, a las cuales él respondía en serio o en broma, con suavidad o con toda energía.
Había una discípula que siempre se pasaba las sesiones sentada y sin decir nada.
Cuando le preguntaron la razón de su actitud, ella respondió:
"Apenas oigo una palabra de lo que dice. Estoy demasiado distraída con su silencio".
felipe — 23-11-2005 || 18:26