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El sacerdote sabía que de todas las armas de destrucción que el hombre fue capaz de inventar, la más terrible, la más poderosa, era la palabra.
Los puñales y las lanzas dejaban vestigios de sangre; las flechas podían ser vistas a distancia, los venenos terminaban por ser detectados y evitados.
Pero la palabra conseguía destruir sin dejar rastro.
Paulo Coelho - La quinta montaña